Una de las principales repercusiones financieras de la guerra que Estados Unidos mantiene contra Irán es la caída de los precios de los bonos del Estado y el consiguiente aumento de su tasa de interés o rendimiento, ya que los inversionistas consideran que la estanflación —una combinación de un fuerte aumento de los precios junto con una desaceleración o incluso una recesión— es cada vez más probable.
Bloomberg informó a principios de esta semana que «el espectro de la estanflación causada por la guerra con Irán ha borrado más de 2,5 billones de dólares del valor de los bonos globales en marzo», lo que lo coloca en camino de registrar la mayor pérdida mensual en tres años.
Se señaló que, si bien la pérdida de valor de mercado de los bonos fue considerablemente menor que las estimaciones de los 11,5 billones de dólares que se esfumaron de los mercados bursátiles mundiales, fue «más inesperada, ya que la deuda suele ganar terreno en tiempos de agitación geopolítica».
Esto se debe a que, en condiciones denominadas «normales», la deuda pública se considera un «refugio seguro» en medio de la agitación financiera. Pero con la deuda pública alcanzando máximos históricos en muchas economías avanzadas —encabezadas por Estados Unidos, donde la deuda nacional ya ha superado los 39 billones de dólares— eso ya no es así y las viejas normas se están revirtiendo.
Se está produciendo un movimiento significativo de salida de la deuda pública estadounidense a medida que comienza a afianzarse una nueva oleada de inflación, reflejada con mayor intensidad en la escalada de los precios de la gasolina y el diésel, lo que elimina la posibilidad de un recorte de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos en cualquier momento de este año.
El rendimiento de los bonos del Tesoro a dos años, que suele moverse en línea con las expectativas sobre lo que hará la Fed con respecto a las tasas, ha subido 0,5 puntos porcentuales en lo que va del mes —un aumento significativo, cuando los movimientos al alza o a la baja suelen ser solo una pequeña fracción de esa cantidad.
Al mismo tiempo, el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años, considerados un punto de referencia para los mercados de todo el mundo, ha subido 0,44 puntos porcentuales en lo que va de mes.
El marcado aumento en el extremo más corto del mercado tiene implicaciones significativas para la financiación de la deuda estadounidense, ya que el Tesoro ha estado buscando cada vez más obtener fondos a través de bonos a dos años para mitigar los mayores costos de las tasas de interés en el extremo más largo. Pero esta estrategia se está viendo frustrada por el aumento de las tasas de la deuda a dos años.
Una subasta de deuda del Tesoro a dos años por valor de 60 000 millones de dólares celebrada el martes suscitó lo que el Financial Times (FT) calificó de «tibia demanda de los inversionistas», y los distribuidores primarios —los bancos que adquieren la deuda no comprada por otras instituciones financieras e inversionistas— tuvieron que absorber la mayor parte de la oferta.
La ola de ventas de bonos a nivel mundial se ha manifestado con mayor intensidad en el mercado británico.
Los «gilts», como se conoce a los bonos del Estado, han sufrido un duro golpe, lo que incluso recuerda los acontecimientos de septiembre y octubre de 2022, cuando el Banco de Inglaterra (BoE) tuvo que intervenir para evitar un colapso del mercado tras el presupuesto de Liz Truss, que proponía importantes recortes fiscales para los ricos y las empresas financiados mediante un aumento de la deuda.
La decisión del BoE la semana pasada de mantener las tasas de interés sin cambios, frustrando las esperanzas del mercado de recortes de tasas este año, y sus advertencias de que la guerra impulsará la inflación, lo que posiblemente conduzca a aumentos de las tasas, profundizó una «brutal venta masiva en el mercado de gilts», según el FT.
El rendimiento de los bonos a dos años subió 0,4 puntos porcentuales hasta el 4,4 %, «lo que lo convirtió en uno de los peores días para los bonos del Estado británico a corto plazo en los últimos años».
El rendimiento de los bonos a 10 años subió 0,11 puntos porcentuales hasta el 4,85 %, su nivel más alto desde la crisis financiera mundial de 2008.
Antes de que comenzara la guerra el 28 de febrero, la expectativa del mercado era que el Banco de Inglaterra (BoE) señalara recortes de tasas en su reunión de marzo, e incluso después de que comenzara, existía la esperanza de que «ignorara» las subidas de los precios de la energía a la hora de determinar su política.
En cambio, el Comité de Política Monetaria del banco central lanzó un mensaje muy diferente, al afirmar que, si el aumento de los precios de la energía resultaba «mayor o más prolongado» y comenzaba a repercutir en los salarios, tendría que endurecer la política monetaria.
Esta fue una expresión de lo que constituye el hilo conductor de todos los bancos centrales en la llamada «lucha contra la inflación», que se preocupa, por encima de todo, no por bajar los precios, sino por reprimir las luchas salariales de la clase trabajadora en respuesta al golpe al nivel de vida.
Ayer, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, transmitió un mensaje similar al del Banco de Inglaterra. Dijo que era «demasiado pronto» para actuar sobre las tasas de interés, pero que el banco central no dudaría si se produjeran «efectos de segunda ronda a través de los salarios y las expectativas de inflación».
Además de su impacto en el suministro y el precio del petróleo y de toda una serie de productos —como la urea, utilizada en fertilizantes, el helio, el combustible para aviones y el diésel, y otros productos industriales—, la guerra amenaza con interrumpir el flujo de dinero procedente de los países del Golfo hacia los principales mercados financieros.
En un artículo publicado en el FT, el analista económico y financiero Mohammed El-Erian señaló que los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) —Bahrein, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos— «se han convertido colectivamente a lo largo de las décadas en una de las fuerzas más influyentes de las finanzas mundiales, invirtiendo en todo el mundo».
La magnitud de su influencia puede medirse por el volumen de compromisos de inversión en EE. UU. de sus fondos soberanos el año pasado. Ascendieron a un total de 3 billones de dólares en una serie de proyectos plurianuales, que incluyen infraestructura de semiconductores, energía y el sector militar. Pero ahora hay informes de que algunos de los miembros del CCG podrían estar reconsiderando su postura debido a las presiones financieras que la guerra les ha generado.
Los países del CCG ya han invertido fuertemente en Estados Unidos, inyectando dinero en acciones, bonos, fondos de cobertura, bienes raíces e infraestructura por un valor de 2 billones de dólares.
La ira de algunas de las élites empresariales del CCG se manifestó en una publicación en X del multimillonario Khalaf Al-Habtoor, con sede en Dubái, a principios de este mes, en la que le hizo a Trump «una pregunta directa».
«¿Quién le dio la autoridad para arrastrar a nuestra región a una guerra con Irán?», preguntó. «¿Y sobre qué base tomó esta peligrosa decisión? ¿Calculó el daño colateral antes de apretar el gatillo? ¡¿Y consideró que los primeros en sufrir esta escalada serán los propios países de la región?!»
En su artículo de opinión, El-Erian señaló que «con el sector energético experimentando una “parada repentina”», la región se enfrenta a «presiones de ingresos imprevistas a corto plazo».
Queda por ver qué impacto tendrá esto en los mercados financieros estadounidenses y globales, pero cualquier cambio en los flujos de capital globales y un aumento de las tasas de interés afecta a los mercados financieros que ya experimentan un cierto grado de fragilidad, debido al aumento de la deuda pública y las demandas de financiamiento de la industria de la IA.
El resultado neto de unos costos de endeudamiento «más altos durante más tiempo», concluyó El-Erian, tendrá un «impacto disruptivo en prácticamente todos los países, empresas y hogares, que se agrava cuanto más dura la guerra. Es un entorno que también corre el riesgo de agravar las fragilidades financieras existentes —como las asociadas a la burbuja de la IA, ciertos segmentos del crédito privado y algunas preocupaciones sobre la deuda soberana— al tiempo que podría exponer otras nuevas».
(Artículo publicado originalmente en inglés el 25 de marzo de 2026)
