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Altamira y su crítica "de izquierda" al PTS no ofrece alternativa a la clase obrera argentina

Concentración conjunta del FIT-U en la Plaza de Mayo [Photo: @RominaDelPla]

En una polémica del 24 de junio contra el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) en Argentina y su esperada candidata presidencial Myriam Bregman, Jorge Altamira —expulsado en 2019 del Partido Obrero (PO), que él mismo fundó, y ahora líder de la corriente más pequeña Política Obrera— formuló una serie de observaciones que, en sus propios términos, son acertadas.

Señaló que el ascenso de Bregman en las encuestas apunta hacia un posible avance electoral, siguiendo un patrón en algunos países donde la pseudoizquierda ha sido elegida:

Bregman ha ido creciendo en los sondeos de imagen, lo cual debería tener un correlato electoral. La posibilidad de que arribe al segundo turno e incluso gane la elección, por ahora altamente improbable, tiene sin embargo antecedentes: el caso del chileno Gabriel Boric, candidato de un ignoto Frente Amplio venció primero, en las internas, al Partido Comunista y luego ganó la Presidencia; o el peruano Pedro Castillo…

Esta caracterización de Bregman como ocupante del mismo espacio político que Boric y Castillo es correcta, y hace eco de la astuta descripción que Altamira hizo del PTS en 2017 como “Podemos en pañales”. Al igual que Podemos en España, Boric y Castillo fueron políticos burgueses y populistas de izquierda elegidos en medio de protestas masivas contra la desigualdad —y, al igual que Podemos, una vez en el poder implementaron políticas que en algunos aspectos superaron a la derecha tradicional. El gobierno de Boric ha presidido la consolidación de un Estado policial y ataques xenófobos contra los inmigrantes; el breve mandato de Castillo se acomodó constantemente a la derecha y allanó el camino para la restauración del fujimorismo.

Pero el WSWS señaló en su momento que la frase de Altamira “Podemos en pañales”, por muy acertada que fuera, era también una autoincriminación. No ofrecía ninguna explicación de por qué su propio partido seguía aliado, en el mismo frente electoral, con el partido que acababa de comparar con un futuro Podemos. Lo que ocultó por completo fue su propio historial: en 2012, Altamira dio el respaldo abierto del PO a que Syriza formara un “gobierno de izquierda radical” en Grecia —la misma Syriza que, elegida en 2015 con el mandato de acabar con la austeridad, capituló en cuestión de meses ante las exigencias del Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional e impuso brutales recortes sociales para pagar a los acreedores.

La polémica de Altamira del 24 de junio es igualmente acertada sobre el contenido de la candidatura de Bregman. Escribe:

Myriam Bregman, en varias declaraciones, se ha definido como una candidata del Progresismo. En el texto de estrategia electoral, se lo presenta como “un gobierno de la nueva clase trabajadora” … no plantea ninguna acción para quebrar el Estado capitalista, en caso de triunfo electoral; dilata sus principales medidas, como el No Pago “Soberano” de la Deuda Externa para cuando se reúna una Asamblea Constituyente “Soberana”.

A finales de mayo, el diario corporativo español El País publicó un perfil adulador de Bregman que confirmaba este diagnóstico en sus propias palabras. El presidente ultraderechista de Argentina, Javier Milei, dijo Bregman al periódico, “…es un sometido al Fondo Monetario Internacional, se deja gobernar por Donald Trump y por (el secretario del Tesoro estadounidense, Scott) Bessent y nosotros bregamos realmente por el sueño de San Martín y Bolívar, de integrar América Latina, de enfrentar al imperialismo, de pelear por una federación de estados latinoamericanos, o sea, lo contrario de ser una colonia yanqui”.

Ahí, en una frase, está el núcleo del programa del PTS, y no tiene nada que ver con el marxismo.

La invocación de Bolívar no es un adorno segundario. Karl Marx emitió el veredicto definitivo sobre Bolívar en su artículo de 1858 para la New American Cyclopaedia, describiéndolo en los términos más severos como un caudillo corrupto. Lo acusó de haber huido de su puesto en Puerto Cabello, de arrestar al general Francisco de Miranda en La Guaira después de que este hubiera firmado un tratado de paz con los españoles tras el terremoto de 1812 y de entregarlo a las autoridades españolas. Bolívar desertó repetidamente de sus propias tropas en la derrota y coronó su autoproclamada “liberación” de Bogotá con 48 horas de saqueo por parte de sus propios oficiales. Bolívar no fue ningún libertador. Fue, en palabras de Marx, un “cobarde, miserable y vil canalla”.

Que Bregman presente a esta figura como la alternativa al sometimiento de Milei a Washington es sustituir el sometimiento abierto por el nacionalismo burgués. La “federación de Estados latinoamericanos” que propone es la misma “integración regional” fracasada impulsada por el peronismo y el bolivarianismo de Hugo Chávez, sobre bases capitalistas. Bregman diluye su programa hasta hacerlo indistinguible de la marea rosa y el nacionalismo burgués —precisamente como denuncia Altamira.

La fractura en el FIT-U continúa

Altamira no está solo en exponer el oportunismo del PTS, aunque las denuncias desde dentro de la coalición Frente de Izquierda y de los Trabajadores-Unidad (FIT-U), que incluye al PTS, al PO y a otros dos grupos morenistas, no son menos hipócritas. La propia queja del Partido Obrero sobre esta fractura ha sido que, “En su rechazo a una campaña unitaria, el PTS privó a la lista del FIT-U de un ‘apadrinamieno’ por parte de Bregman” —un lamento por los votos perdidos. Cada sector de este entorno de arribistas de clase media-alta maniobra dentro del mismo marco electoral.

El PTS justificó la realización de un acto separado del Primero de Mayo este año en una carta abierta, acusando a sus socios de coalición de diluir “la demarcación con el peronismo y la burocracia sindical” al impulsar un “frente anti-Milei sin ninguna demarcación de clase respecto de la dirección sindical traidora”. Esta es una notable admisión del carácter del FIT-U en su conjunto. Sin embargo, hoy el PTS insiste en que el FIT-U “cumple un papel muy importante en que haya un polo de izquierda y de independencia de clase en la política nacional”.

Esta aparente contradicción demuestra que la “independencia de clase”, para todos estos grupos, es un término sin contenido, que pueden utilizar o guardar según lo dicte la conveniencia electoral y facciosa.

Las encuestas y la situación revolucionaria

La polémica de Altamira se apoya en la afirmación, repetida por toda la pseudoizquierda, de que la situación no es revolucionaria y que la clase obrera está en “reflujo”. Las cifras de las encuestas y el estado de la lucha de clases dicen lo contrario. Los índices de aprobación de Bregman —entre los más altos de cualquier político argentino— están vinculados a su conflicto público con Milei, cuyos recortes sociales y desregulación han producido cientos de miles de despidos y cerrado miles de empresas. La inflación, aunque más lenta, sigue por encima del 30 por ciento anual, y el economista Martín González-Rozada ha constatado que la tasa de pobreza ha rebotado al 31,8 por ciento en abril-mayo.

Combinado con cuatro huelgas generales contra Milei y crecientes luchas obreras militantes, el perfil elevado de Bregman es una confirmación distorsionada de lo que David North describió en su discurso de apertura del acto del Día del Trabajador del CICI: “El período de relativo equilibrio social ha terminado… la resistencia de la clase obrera ha surgido como una fuerza global, en una escala que coloca directamente en la agenda histórica las cuestiones fundamentales de la época: guerra o paz, dictadura o democracia, socialismo o barbarie”.

La huelga general boliviana de siete semanas y la ira masiva que convulsiona a Venezuela tras el terremoto y la negligencia criminal del gobierno “interino” confirman lo mismo. La situación política está en el filo de la navaja, cuando el giro del imperialismo y las élites gobernantes locales hacia la extrema derecha se enfrenta de inmediato con una resistencia masiva de la clase obrera, y la capacidad de los aparatos políticos existentes y las burocracias sindicales para contenerla está flaqueando.

Una encuesta reciente de la Universidad de San Andrés sitúa a Bregman en tercer lugar en valoración positiva, empatada con Milei en un 33 por ciento, mientras que solo un 4 por ciento dice que votaría al FIT-U en 2027, frente al 25 por ciento del peronismo y el 24 por ciento del partido de Milei. La popularidad de Bregman refleja un genuino deseo masivo de una alternativa a la terapia de choque —pero la coalición pseudoizquierdista en sí no es vista ampliamente como esa alternativa.

Desde esta precaria posición política, la clase dominante llama al PTS y a sus socios de coalición a cumplir su papel clave: canalizar la creciente radicalización política detrás de un vehículo electoral cuya función explícita es impedir una ruptura total con el odiado marco de la política burguesa.

La función del centrismo

Esto confirma la evaluación del WSWS del acto del Primero de Mayo del PTS, donde Bregman lanzó por primera vez su “nuevo partido de los trabajadores”:

La retórica militante del FIT-U y su integración práctica en el aparato político burgués no son contradictorias: son dos caras de la misma moneda política. Esta es la contradicción que el concepto marxista de centrismo capta con precisión. El centrismo adopta la fraseología de la revolución socialista mientras que su práctica política concreta sirve para contener el desarrollo de la revolución. Se distingue del reformismo declarado, que defiende abiertamente la colaboración de clases, y del oportunismo de derecha, que abandona toda referencia al socialismo. El centrismo es más peligroso porque, envuelto en banderas revolucionarias, ocupa el espacio político donde debería surgir una dirección revolucionaria genuina y bloquea su desarrollo.

El “fenómeno Bregman”, como escribió el WSWS, “no es principalmente un fenómeno popular de la clase obrera, sino un fenómeno político-mediático” —sectores de la burguesía que promueven un instrumento de “izquierda” para contener la radicalización de las masas—.

El propio llamado de Altamira a un “gobierno de izquierda”

La polémica de Altamira destaca acertadamente que el manifiesto de Bregman pretende “poner fin a la declinación nacional” —otra versión de la consigna “MAGA” de Milei y Trump—. Poner fin a la “decadencia nacional”, señala, significa preparar a Argentina para competir en el mercado mundial mediante una mayor explotación de la clase obrera: “una perspectiva histórica reaccionaria en una época de guerras imperialistas y rebeliones populares…”.

Correcto. Pero el propio “internacionalismo” de Altamira se termina en el mismo nacionalismo. Llega a afirmar que “solamente una revolución socialista desencadenaría un renacimiento nacional”, revistiendo el mismo marco con frases radicales, sin plantear jamás la unidad internacional objetiva de la clase obrera producida por la producción globalizada y la necesidad de hacerla consciente mediante la construcción de un partido revolucionario mundial.

En la práctica, el historial del grupo de Altamira lo confirma. En la fábrica de neumáticos FATE, donde 920 trabajadores fueron arrojados a la calle y ocuparon la planta, Política Obrera ha admitido que su “política en FATE… no se diferencia de la que siguen la directiva del Sindicato, ni el aparato del Partido Obrero,” que conduce el sindicato SUTNA. El grupo añade que no se opone a los proyectos de ley que el SUTNA y el FIT-U enviaron a la legislatura provincial exigiendo la intervención estatal; insiste, de hecho, en que “la reapertura de la fábrica exige la intervención del Estado”.

La lucha, según su propio relato, se limita a “la presión al Estado mediante el recurso extremo de la ocupación y la puesta en funcionamiento de la fábrica”. La ocupación, que fue encadenada desde el principio a súplicas al gobernador peronista Axel Kicillof, no terminó en la reapertura de la planta sino en la desmoralización del grueso de los trabajadores, casi todos los cuales firmaron acuerdos de despido voluntario.

Esta es la vara con la que debe medirse la alternativa de Altamira al “nuevo partido de los trabajadores” de Bregman. Propone un “un gobierno de izquierda en transición a un gobierno obrero”, conquistado mediante elecciones y “creciente apoyo de la clase obrera”, que luego “que buscaría convertirse en un gobierno obrero, mediante acciones de masas”. Este no es un programa revolucionario. Es la teoría menchevique de etapas, impulsada durante mucho tiempo por el estalinismo en ropaje moderno: una etapa indefinida de “izquierda”, gestionada a través de medios parlamentarios, a la que seguiría algún día no especificado en una transición al poder obrero.

Es la misma lógica que produjo la capitulación de Syriza en 2015, el desarme de los trabajadores en Chile bajo Salvador Allende y tantos otros gobiernos de “izquierda” que prometieron preparar el terreno para el poder obrero.

Todo esto es un clásico malabarismo centrista. El PTS, el PO, Altamira y los demás grupos pseudoizquierdistas llaman todos a “frentes únicos” y emiten llamados a “comités”, “asambleas populares” o “coordinadoras”. Pero en ningún momento de sus décadas de trabajo en los sindicatos o en el Congreso han intentado jamás introducir el marxismo y la política revolucionaria en la clase obrera. Los trabajadores no tienen motivos para esperar que empiecen a hacerlo ahora en ningún otro tipo de organización. Estos organismos, tal como los concibe la pseudoizquierda, no están dirigidos a construir un poder independiente de la clase obrera, sino a ejercer presión sobre las burocracias sindicales, el Estado y los políticos capitalistas.

El “gobierno de izquierda” de Altamira no es una alternativa al oportunismo del PTS; es la misma trampa, construida por un contratista rival. Ambas fórmulas se oponen diametralmente a la tarea crítica que enfrenta la clase obrera argentina: construir, independientemente de toda facción del establishment capitalista y de la burocracia sindical, una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, armada con el programa de la revolución socialista mundial y comprometida con la destrucción del Estado capitalista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 16 de julio de 2026)

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