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La élite gobernante neerlandesa, su realeza y la guerra contra Irán

Rob Jetten, líder de los Demócratas 66 (D66), llega para ser juramentado como primer ministro por el rey Guillermo Alejandro en el Palacio Real Huis ten Bosch en La Haya, Países Bajos, el lunes 23 de febrero de 2026. [AP Photo/Peter Dejong]

El bombardeo criminal de Teherán —un acto de agresión ilegal orquestado por Estados Unidos e Israel contra un país oprimido— también ha conmocionado a los Países Bajos. Lejos de ser un observador pasivo, la clase dominante holandesa queda expuesta una vez más como cómplice activa de la maquinaria de guerra, genocidio y saqueo imperialistas.

El estallido de la guerra contra Irán y el carácter rápido y fascista de su desarrollo han demolido cualquier pretensión de 'neutralidad' o 'moderación' en la política burguesa holendesa, revelando la rapidez con la que el nuevo gabinete minoritario del primer ministro Rob Jetten, Demócratas 66 (D66), se alinea con los intereses del capital internacional, las potencias imperialistas y sus guerras depredadoras.

El sentimiento político público en los Países Bajos, en cambio, refleja una creciente oposición a la guerra. Una encuesta reciente de RTL Nieuws reveló que la mayoría teme la escalada de la guerra hasta convertirse en una tercera guerra mundial que involucre a los propios Países Bajos. Sin embargo, el gabinete de Jetten, que asumió el cargo apenas cinco días antes del bombardeo de Irán, no solo manifestó su apoyo a una guerra de aniquilación contra Irán, sino que también ha acelerado sus planes para expandir el ejército holandesa. Esta doble dinámica —la creciente oposición de las masas desde abajo frente a un consenso belicista casi unánime desde arriba— revela la brecha cada vez mayor e irreconciliable que separa a la clase trabajadora de todo el establishment político burgués, como se observa internacionalmente.

Esta brecha ya encontró su expresión más contundente en las masivas manifestaciones de la 'Línea Roja' que llenaron las calles de Ámsterdam y La Haya contra el genocidio en Gaza. Cientos de miles de personas marcharon, convencidas de que la política oficial, los medios de comunicación, todos los partidos establecidos y sus cómplices hablan el lenguaje del militarismo y son completamente ajenos a las preocupaciones sociales de la clase trabajadora. A medida que se profundizan las repercusiones sociales, políticas y económicas de la guerra, este movimiento inevitablemente alcanzará su máxima expresión, poniendo de manifiesto cuestiones sociales y culturales, así como las bases políticas y económicas que lo han provocado.

Durante su visita oficial a Bruselas el 3 de marzo, donde se reunió con los líderes de la Unión Europea, António Costa y Ursula von der Leyen, para hablar sobre la última guerra y sus refugiados, Jetten declaró a NOS Journaal: “En realidad, es bastante simple. El régimen iraní es un régimen brutal que recientemente ha masacrado a muchos de sus propios ciudadanos. Por eso, los Países Bajos comprenden plenamente las acciones que se están tomando contra Irán”.

La afirmación de Jetten de que los Países Bajos comprenden plenamente los crímenes que se están infligiendo a Irán —una nación de 90 millones de personas y un inmenso patrimonio cultural e intelectual, 45 veces más grande que los Países Bajos— fue recibida con aprobación en todo el espectro político.

El creciente número de víctimas civiles, la destrucción de infraestructuras y la miseria de una población ya oprimida debido a décadas de sanciones no cuentan en los cálculos de La Haya, guiados por los imperativos estratégicos de Washington y Tel Aviv. Lo que Jetten presenta cínicamente como “bastante simple” es, de hecho, la ideología destilada de la geopolítica imperialista y el propio interés de la antigua potencia colonial en los conflictos en el Golfo Pérsico.

El ministro de Asuntos Exteriores, Tom Berendsen (Christian Democratic Appeal, CDA), uno de los portavoces antichinos más vehementes del gobierno, se hizo eco de esta línea en otra entrevista con RTL Nieuws, concediendo a Washington y Tel Aviv una carta blanca: “Entendemos los riesgosos ataques perpetrados por Estados Unidos e Israel, dado que el régimen en cuestión representa una grave amenaza para la región y, en general, para el mundo”. Al preguntársele si estos ataques violaron el derecho internacional, Berendsen se encogió de hombros: “No me corresponde a mí juzgarlo. Creo que estas son preguntas legítimas para Estados Unidos e Israel en particular”. La nueva ministra de Defensa y primera ministra en funciones, Dilan Yeşilgöz (Partido Popular para la Libertad y la Democracia, VVD), una férrea defensora del orden público que ejerció como ministro de Justicia bajo el mandato de Mark Rutte entre 2022 y 2024, elogió la guerra como una liberación: “Tras décadas de opresión por parte de un régimen asesino, muchos iraníes respiran aliviados”. Acusó a Teherán de socavar la seguridad mundial mediante su programa nuclear, sus vínculos con Rusia y el supuesto respaldo a “representantes terroristas”, añadiendo que “la larga influencia de Teherán también se dejó sentir en los Países Bajos”.

Estas declaraciones revelan no solo la alineación incondicional del gobierno neerlandés con la agresión estadounidense-israelí, sino también su afán por encubrir los crímenes imperialistas con el manto raído de la “rectitud moral”. Esta hipocresía no es nueva. Continúa un patrón histórico que se extiende desde las conquistas coloniales del siglo XVII en Asia, África y América hasta la participación actual en las guerras de 'cambio de régimen' de la OTAN.

La retórica de la 'libertad' cumple ahora la misma función que la antigua 'misión civilizadora': disfrazar la búsqueda despiadada de mercados, recursos y dominio estratégico. El capitalismo holandesa ha demostrado repetidamente que la diplomacia y la agresión, de la mano del guante, son sus instrumentos indispensables de afirmación global.

Los preparativos para guerras en el extranjero han avanzado en los Países Bajos en tres frentes interconectados: militar, ideológico y social. Militarmente, los Países Bajos se ven cada vez más involucrados en la lógica de la confrontación entre grandes potencias. Siendo ya un eslabón indispensable en la cadena nuclear de la OTAN —albergando armas nucleares estadounidenses en su territorio—, el país está acelerando las conversaciones sobre 'cooperación nuclear' con Francia y la perspectiva de una fuerza disuasoria europea 'compartida'. Junto con Gran Bretaña, Alemania, Polonia, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca, se ha unido a una nueva estrategia de 'disuasión avanzada' para operaciones conjuntas.

El vocabulario empleado para describir este proceso —'cooperación', 'disuasión', 'arquitectura de seguridad europea'— busca ocultar la brutal realidad de la burguesía holandesa, que une su destino a la estrategia nuclear del imperialismo europeo, convirtiendo al país en una posible plataforma para una guerra atómica.

Mediante colaboraciones con Francia, el ejército neerlandés busca adquirir experiencia operativa en la planificación y ejecución de una guerra nuclear, a pesar de no poseer un arsenal propio. 'Este es el papel que deben desempeñar los Países Bajos', se jactó Jetten. 'Debemos buscar coaliciones inteligentes que sirvan a los intereses neerlandeses y fortalezcan a Europa', enfatizó.

La necesidad de una disuasión nuclear específicamente europea se intensifica a medida que se intensifican las fricciones comerciales y estratégicas entre Europa y Estados Unidos. Cada giro de la crisis global empuja a las clases dominantes europeas, incluida la burguesía neerlandesa afirmar sus propios intereses imperialistas bajo el engañoso lema de la 'autonomía estratégica'.

En su rueda de prensa semanal, mientras la fragata neerlandesa HNLMS Evertsen partía para 'proteger' un portaaviones francés hacia el Golfo sin la aprobación plena del gabinete, Jetten advirtió sobre posibles bajas: 'La fragata neerlandesa es perfectamente capaz de interceptar proyectiles desde el aire'. En pocas palabras, los Países Bajos están preparados para enfrentarse militarmente a Irán, situándose en la primera línea de esta guerra en expansión. Ante la amplia oposición pública —y la abierta hostilidad de muchos sectores— hacia sus planes de ampliar las fuerzas armadas de 80.000 a 122.000 efectivos, con una posible ampliación a 200.000, el gobierno de Jetten ha convertido el reclutamiento para la guerra en un espectáculo. En coordinación con el Ministerio de Defensa, los grandes medios de comunicación han lanzado una campaña nacional de reclutamiento para glorificar al ejército, con la monarquía como protagonista.

Solo unas semanas antes del inicio del bombardeo de Irán, la reina Máxima anunció su alistamiento como reservista en el Ejército Real de los Países Bajos. A sus 54 años, apareció vestida de camuflaje, cambiando la seda y la ceremonia por el caqui y los ejercicios de combate. El Ministerio de Defensa afirmó que se trataba de una respuesta personal a las nuevas 'preocupaciones de seguridad': 'Dado que la seguridad de los Países Bajos ya no puede darse por sentada, Máxima ha decidido convertirse en reservista'.

Sus apariciones coreografiadas —sonriendo desde vehículos blindados y ejercitándose con soldados— no son meros trucos publicitarios pomposos, sino actos de teatro político calculado. Un portavoz del Ministerio de Defensa se jactó: “Estamos muy orgullosos de que esté haciendo esto y esperamos que otros piensen: ‘Oye, esto es algo que yo podría hacer’”.

En una sociedad donde la confianza en el parlamento, sus instituciones afiliadas, los partidos políticos establecidos, los sindicatos afiliados y sus apéndices pseudoizquierdistas —parte integral de los medios corporativos— prácticamente se ha derrumbado, la monarquía funciona como uno de los últimos refugios de legitimidad fabricada de la clase dominante. La élite gobernante, a su vez, salvaguarda la monarquía como un instrumento ideológico vital. Solo ella puede revestir el chovinismo nacionalista y el militarismo con el lenguaje de la “unidad, la tradición y la virtud local”.

Por lo tanto, las guerras en el extranjero no solo sirven a fines geopolíticos, sino también a una extensión ideológica capitalista vital para mitigar la guerra de clases en el país. Al movilizar a la corona con tradiciones bélicas, que no se vieron desde la Segunda Guerra Mundial, la élite gobernante busca desviar la ira social —nacida de la creciente desigualdad y la estricta austeridad— hacia canales nacionalistas.

La política bélica holandesa, como se observa en otras partes de Europa y a nivel internacional, se corresponde directamente con un ataque al nivel de vida y los derechos de la clase trabajadora. Bajo el lema “Manos a la obra: Construyendo unos Países Bajos mejores”, el pacto de coalición codifica un programa de guerra permanente, acompañado de austeridad y represión estatal. En su centro se encuentra el Vrijheidsbijdrage —la llamada “contribución a la libertad”—, un cínico eufemismo para designar un impuesto de guerra impuesto a los trabajadores, dado que la mayoría es pacifista.

Se prevé que este impuesto, promocionado como un 'esfuerzo nacional compartido', recaude 5.000 millones de euros anuales, cada euro destinado al aparato militar y de seguridad. Los medios de comunicación y los sindicatos se hacen eco del estribillo del gobierno de que 'la seguridad tiene un precio', cuando el verdadero objetivo es transferir riqueza del trabajo al capital.

Entre las medidas más regresivas se encuentra el aumento de la edad de jubilación, justificado por 'presiones demográficas', pero diseñado sobre todo para obligar a los trabajadores a trabajar más tiempo, mientras que los ahorros procedentes del aplazamiento de las pensiones se redirigen al gasto en defensa. Las prestaciones por desempleo y discapacidad se endurecerán bajo la misma lógica.

El mensaje es inequívoco: la clase trabajadora debe renunciar a más años de vida y a una mayor proporción de sus ingresos, por no hablar de mayores sumas de la riqueza que genera, para financiar las ambiciones geopolíticas del imperialismo holandés y europeo. La política exterior e interior se fusionan en una única estrategia de clase: el mismo Estado que libra una guerra en el extranjero está llevando a cabo una ofensiva económica en el país contra los salarios, los derechos sociales y las libertades democráticas.

Las políticas del gobierno holandés son un eslabón en la cadena global de la crisis capitalista. La transformación del gabinete Jetten en un gobierno de guerra de facto, como se observa en otros centros europeos, expresa la lógica del capitalismo europeo en su conjunto. Ante el estancamiento, la intensificación de la rivalidad interimperialista y el creciente malestar social, la burguesía se vuelca hacia el exterior —hacia el militarismo— y hacia el interior —hacia la represión—.

Estas medidas ya están provocando la ira de los trabajadores y la juventud. Las huelgas y protestas, originalmente centradas en cuestiones salariales, de vivienda y climáticas, están adquiriendo un carácter conscientemente político y antibélico. Sin embargo, esta oposición masiva choca con la ausencia de un liderazgo revolucionario. La llamada 'izquierda holandesa' —PvdA, GroenLinks, el Partido Socialista y la burocracia sindical— se integró hace tiempo en el Estado y en la estructura de mando de la OTAN. Sus vanos llamamientos al 'diálogo' y la 'diplomacia' solo disimulan su aceptación de la política imperialista.

Los líderes de las principales confederaciones sindicales, como FNV, CNV y VCP, se han reunido con ministros del gabinete, advirtiendo que las huelgas serán inevitables a menos que se retiren los planes de retrasar las jubilaciones y recortar las prestaciones por desempleo. Sin embargo, sus propias declaraciones subrayan la volatilidad de la situación: se esperan nuevamente manifestaciones masivas en La Haya y Ámsterdam, las mismas ciudades donde cientos de miles de personas se manifestaron contra el genocidio en Gaza.

El Partido Socialista, por su parte, difiere de la política gubernamental solo en el tono. Condena a Teherán por 'abusos de los derechos humanos', mientras que guarda silencio sobre los crímenes mucho más graves del imperialismo. El PS funciona para contener y desactivar la oposición genuina a la guerra.

La guerra liderada por Estados Unidos contra Irán es el último capítulo de una trayectoria de 35 años de intervenciones imperialistas en Oriente Medio, llevadas a cabo para controlar rutas energéticas, cuellos de botella estratégicos y recursos como parte de una estrategia más amplia para contener a Rusia y China. Forma parte de un plan global para la hegemonía estadounidense, utilizando los recursos de Oriente Medio como herramientas de coerción contra sus rivales y sus aliados en Europa.

Los trabajadores y jóvenes de los Países Bajos deben extraer las conclusiones políticas necesarias de esta realidad política y de sus experiencias históricas. La oposición genuina a la guerra es inseparable de la oposición al sistema capitalista que la genera. La lucha contra el bombardeo de Irán, el impulso de la OTAN hacia una confrontación nuclear con Rusia y los ataques sociales en el país deben librarse como una lucha unificada, mediante la movilización independiente de la clase obrera holandesa como parte de la clase obrera europea e internacional bajo un programa socialista.

¡Opónganse a la guerra imperialista de exterminio contra Irán!

¡Conviertan la oposición a la guerra en una lucha política por el internacionalismo socialista!

Construyan una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) en los Países Bajos.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 1o de marzo de 2026)

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